Corazón de Cartulina

por Germán Amatto

English translation


La puerta sisea y se abre. Nahuel, de ocho años y la vida ya gastada, entra arrastrando los pies, se interna entre los racimos de pasajeros macilentos. Se cierra la puerta; el subte gruñe y arranca. Nahuel imposta la voz y empieza a salmodiar:

“Unayuditaporelamordedió?”

Baraja las estampitas, un pilón de Cristos que lo contemplan, todos señalándose el pecho, todos con el corazón en llamas.

Nahuel les suplica unas monedas, no demasiadas, las suficientes para que esta noche le den de comer y no le peguen; luego se abre paso entre el apiñamiento y comienza a repartirlos en cada rodilla inmóvil.

“Unayuditaporelamordedió,” y deja una estampita.

“Unayuditaporelamordedió,” y deja otra, como cada día de su vida, siempre.

“Unayudita...” y siente un tirón, una presión: una mano que lo agarra

“¿El amor de Dios?” murmura de repente un señor, el dueño de la mano. “¿Qué vendés, pibe?”

Nahuel tironea, se retuerce, pero los dedos son como acero. El hombre levanta la estampita y la examina.

“Ah,” dice al fin, “ya me parecía que eras demasiado chico para comprender en qué consiste el amor de un dios; o cualquier otra clase de amor. ¿Cómo te llamás?”

Nahuel no contesta. Alrededor, los pasajeros parecen dormidos, las caras de ceniza. El hombre se mece despacio, como si fuera a reptar.

“¿Dónde vivís? ¿Quién te espera en casa, Nahuelito?” La boca se ensancha; podría ser una risa, o un llanto. Con un alarido, el subte toma la curva.

“No seas huraño, pibe: somos casi familia, ¿sabés? A mí también me dejaron afuera.”

Larga un sollozo, y esconde la cara en una mano. Pero la otra, la izquierda, aún tiene bien aferrado a Nahuel.

“Así como te digo, Nahuel: me expulsó sin justificación, mi propio padre, sin darme la menor chance de redimirme. Ahora me repudia, como tus padres te rechazaron a vos ¡Y eso!” grita al resto del vagón, “eso mismo es todo lo que puede esperar nadie del amor de Dios!”

Una lágrima le cae por la mejilla; la boca la engulle por una comisura, y luego sonríe la sonrisa más bella.

El subte se zarandea, truena, toma un desvío. Un tenue resplandor rosado se filtra por las ventanillas.

“Ahora vivo en mi propia casa,” dice el hombre. “No es tan linda como la otra, cierto, pero al menos es mía. Y creéme: nadie me va a echar de ahí. Jamás.”

La luz enrojece, baña morosamente a los pasajeros, a Nahuel, al extraño que sigue sonriendo.

“Mi propia casa, hecha sobre el dolor. Sólo que yo la comparto, no como mi viejo. Les abro la puerta a todos. En especial a los chicos, que me recuerdan mi infancia; inocentes desposeídos. Yo podría llevarte ahí, si querés...”

El vagón corcovea. Nahuel tropieza. Las estampitas caen.

“¡Y aunque no quieras!”

Las lámparas se apagan, sólo la radiación roja permanece, se intensifica, y Nahuel grita. Grita porque bajo el fulgor encarnado los pasajeros cambian, grita porque esa luz sanguínea les revela llagas, cicatrices abiertas, deformidades atroces. Y al oír su grito, los pasajeros despiertan, los labios terrosos se separan y el vagón se inunda con la cacofonía inhumana de los perdidos.

El hombre — pero no, no es un hombre; esa criatura helada y sibilante nunca podría pasar por un hombre - se inclina hacia Nahuel:

“¡Ahora sí, pibe! ¡Por fin vas a gozar del amor de un Dios!”

Algo le rasga brutalmente los pantalones. Nahuel, de ocho años y ya condenado, comprende que nunca más volverá a pedir unayudita.

Derramados en el suelo, los Cristos de cartulina contemplan la escena, señalándose el pecho encendido con eterna indiferencia.


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